¿Es el ser humano inmune a la selección natural?  (Parte II)

He hablado anteriormente de cómo el ser humano sigue bajo las reglas de las selección natural, aunque lo enfoqué desde el punto de vista de los mecanismos por los que ésta actúa. Mucha gente puede preguntarse si nuestra especie podría encontrarse en una especie de meseta evolutiva, en la que no se esperan cambios a corto o medio plazo (evolutivamente hablando miles de años es muy corto plazo). Realmente no es descabellado pensarlo, ya que el registro fósil nos muestra que a lo largo de la historia de la vida en nuestro planeta, ha habido largas épocas en las que el registro fósil de muchas especies ha permanecido casi invariable durante millones de años. Algunos grupos aún siguen compartiendo el planeta con nosotros, por ejemplo las tortugas (unos 200 millones de años), los cocodrilos (unos 200 millones de años) o los tiburones (unos 100 millones de años). Aunque la morfología básica de estas especies se ha mantenido casi sin cambios y son claramente reconocibles, hay que considerar que sí se han observado variaciones y sí podemos hablar de que han aparecido, cambiado o desaparecido especies. En cualquier caso, sí podemos decir que ha habido épocas en las que las condiciones han variado poco y algunas especies han permanecido aparentemente sin cambios durante millones de años.

                Hay que dejar claro que, aunque externamente no se observen cambios, eso no quiere decir que no se produzcan. Pueden producirse cambios en el metabolismo dando lugar a diferencias entre individuos y sobre los que actuará la selección natural. Un ejemplo muy claro es el asociado a la tolerancia a la lactosa en edad adulta. En los mamíferos esta enzima se produce normalmente sólo durante el período de lactancia, cuando nos alimentamos de la leche materna que contiene el azúcar lactosa. Una vez pasado este período ya no volverá a consumirse leche, así que la enzima es innecesaria. Habrá algunos individuos que tengan variaciones en las secuencias encargadas de regular la expresión del gen de la lactasa que hacen que se siga produciendo la enzima en la edad adulta. Si los adultos nunca vuelven a ingerir leche, que la enzima siga expresándose, no tiene ninguna ventaja, incluso es un gasto energético inútil, y en general hay un porcentaje bajo de este tipo de individuos. La expansión de esta capacidad en el ser humano se asocia al surgimiento de la ganadería, en el norte de europa o en algunas regiones africanas, por ejemplo. Es fácil imaginar que hace miles de años, en estas poblaciones, los adultos que podían beber la leche producida por las vacas, tenían acceso a una importante fuente de alimento que les daba una clara ventaja frente a los que no podían y, de esa forma, esa capacidad se hizo mayoritaria en algunas poblaciones. En Dinamarca o Suecia, menos del 15% de la población presenta intolerancia a la lactosa, mientras que en China, Japón o Argentina, más del 80% de la población es intolerante; a nivel mundial, el 75% de la población es intolerante a la lactosa en edad adulta. Externamente no puede distinguirse a una persona tolerante de una persona intolerante a la lactosa, pero podemos ver que en algunas poblaciones hubo momentos en los que poder alimentarse con leche tuvo un impacto en la superviviencia, lo que provocó que esta capacidad se hiciera mayoritaria. La selección natural puede estar actuando sobre características metabólicas, sobre el sistema inmune, etc.

                Aún así ¿Podemos pensar que nuestra especie ha llegado a una situación en la que el ritmo de cambios es tan bajo que nuestros descendientes de dentro de un millón de años pasarían inadvertidos entre nosotros? Pues la respuesta rápida es que es muy posible que sí, y uno de las factores más importante será sin duda la interconexión mundial. Sabemos que si dos poblaciones se mantienen aisladas, con el tiempo se acumularán cambios que al final provocarán que sean especies diferentes, y aunque las volviéramos a juntar el cruce entre ellas no sería posible. Cuando un grupo emigra para buscar un nuevo lugar donde vivir, suceden dos cosas, primero que tiene un tamaño reducido, lo que acelera la fijación de caracteres tanto por azar como por selección natural, y segundo que queda aislada de la población original. Es lo que ha ocurrido a lo largo de la historia de nuestra especie con las migraciones desde África hacia Asia y Europa, y luego hacia Oceanía y América. Sabemos que se han ido produciendo cambios observables por adaptación a las nuevas condiciones, siendo una de las más evidentes la reducción de la pigmentación de la piel para poder producir suficiente vitamina D a pesar de cubrir casi todo el cuerpo con ropa para protegerse del frío. Que el tamaño del grupo sea reducido facilita la fijación de características minoritarias en la población original pero sobrerepresentadas en el grupo que emigra. En una época en la que la capacidad de desplazamiento era reducido, estas poblaciones que se iban asentando fueron quedando casi aisladas del resto y esto favoreció que determinadas características visibles se asentaran y acabaran proporcionando algo claramente distinguible de cada población. Según la historia de la vida en la tierra, esto debería haber conducido a un proceso de especiación y acabar produciendo especies diferentes, de hecho es lo que ocurrió con especies del género homo antes del homo sapiens. Sin embargo, algo diferente ocurrió con nuestra especie: antes de que eso haya podido ocurrir, desarrollamos una tecnología nunca antes vista en nuestro planeta, se crearon ciudades cada vez más grandes y las rutas comerciales han servido para impedir un total aislamiento entre poblaciones (evolutivamente hablando nos referimos a flujo génico, es decir sexo e hijos), y en la actualidad hemos desarrollado medios de transporte tan rápidos que el mundo entero está conectado de una forma tal que el flujo génico es más que suficiente para garantizar que nuestra especie no entre en un proceso de especiación, por el momento.

¿Y ya está? ¿Nuestra especie no va a cambiar más? Bueno, a corto plazo pues no lo parece. Con un tamaño poblacional de miles de millones, se reduce mucho la posibilidad de cuellos de botella que puedan dar lugar a cambios significativos a corto plazo, también el que se fijen características por simple azar, lo que no quiere decir que no puedan darse cambios. Aunque pueda darse de forma más lenta, los cambios se producen y, lo más importante, se acumulan, pero es cierto que si todo siguiera como hasta ahora es muy posible que hicieran falta millones de años para poder apreciar que la especie en su conjunto ha cambiado ¿Y puede pasar algo que cambie esta situación? Por supuesto, por ejemplo, a causa del cambio climático. Si la temperatura va a seguir subiendo y cambia el clima global, podemos encontrarnos con una situación en la que muchas regiones tengan condiciones muy diferentes a las actuales, lo que podría actuar como presión selectiva para que sólo aquellas personas más tolerantes con esas condiciones puedan vivir en esas regiones. El número de muertes a causa de las olas de calor en verano, aumenta cada año, por ejemplo. Este tipo de presión selectiva, por cambios en el ambiente puede acelerar que la especie globalmente cambie ¿Y una gran catástrofe? Si es lo suficientemente global pero no nos destruye por completo, podría generar una disminución tan drástica del tamaño poblacional que las distinta poblaciones estén completamente aisladas y evolucionen independientemente. Podemos pensar en el impacto de un gran meteorito pero también en la erupción de un supervolcán, como el del parque Yellostone. No podemos descartar estas situaciones, aunque seguramente quedarían suficientes individuos para que el ser humano se recuperara, aunque eso implicara miles de años. Sólo si el número de individuos fuera realmente muy pequeño, los diferentes grupos en el planeta quedaran aislados y no se recuperara la conexión entre esas poblaciones durante muchos miles de años, existiría la posibilidad de que cada una de esas poblaciones cambiara tanto como para ser especies diferentes que ya no pudieran cruzarse. Son muchos condicionantes, así que parece poco probable.

                Sin embargo, hay una frontera que no hemos cruzado aún y que sí parece que puede conducirnos casi con total seguridad hacia un nuevo proceso de especiación: la exploración espacial. Pero eso será ya, para la tercera parte de esta serie.

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